LOS PIRATAS FRANCESES EN AMERICA. La respuesta española en el siglo XVI  
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R E V I S T A
Credencial
Historia
EDICIÓN 89 - MAYO 1997
LOS PIRATAS FRANCESES EN AMERICA
La respuesta española en el siglo XVI


Rodolfo Segovia Salas

España llegó antes que nadie. Durante los primeros cien años después del descubrimiento el patio fue suyo. Hasta la derrota de la Felicísima Armada (1588) ninguna potencia se atrevía a retar sus flotas en aguas americanas. Ese siglo fue suficiente para colonizar el interior del continente y adquirir una posición inexpugnable, como quedó demostrado por la larga supervivencia de su imperio a pesar de la extrema debilidad de la metrópoli en centurias posteriores. La abundante mano de obra indígena y el mineral de plata consolidaron el afianzamiento territorial. Pero en la vastedad del mar interior caribe, o en la inmensidad del Mar del Sur, la pretensión monopolística española se estrelló contra las realidades de rutas extensas y puertos lejanos.

Piratas durante un asedio a la isla de Cuba en 1590.
Grabado de Theodoro de Bry, "Americae moralis Indiae", 1594-1602.
Biblioteca Nacional, Bogotá.


El oficio de pirata es tan viejo como la navegación misma. Donde ha habido mercantes ha habido piratas, simples ladrones del mar. Ninguna potencia, ni siquiera Roma en su Mare Nostrum, logró erradicarlos. España tampoco. La piratería de América no se inicia en sus aguas. Una vez se descubre que el viaje de retorno depende de la Corriente del Golfo, los predadores, que aún no se atreven a atravesar el Atlántico, se agazapan entre las islas Azores y Sanlúcar en la desembocadura del Guadalquivir. Son mares portugueses preñados de peligros. La bula papal que trazaba el meridiano divisor entre las zonas de las dos potencias descubridoras (confirmada por el tratado de Tordesillas en 1494 y por el tratado de Zaragoza --para no dejar por fuera el otro lado del mundo-- en 1529) concedía esa esquina del océano al rival peninsular. En 1521, Juan Florín o El Florentino, pirata financiado en Francia al mando de ocho navíos, captura en las Azores el tesoro de Monctezuma. Toda Europa se entera. Francisco I, rey de los franceses, agradece joyas del botín pirata. La noticia despierta las más dormidas concupiscencias.

Mientras América deja de ser poco a poco un territorio lejano de aborígenes semidesnudos y pájaros de plumajes exóticos para adquirir ribetes de emporio, Francia y España se enfrentan por el dominio de Italia. España es ya la potencia hegemónica del Atlántico. Sin armada para encararla en el mar, Francia opta por el corso. Esta práctica, parienta muy cercana de la piratería, de la que en América al menos nunca se diferenció del todo, consistía en conceder a un particular de cualquier nacionalidad la condición de beligerante. Se le otorgaba una patente para perseguir y atrapar embarcaciones de comercio de la potencia enemiga. Se le incorporaba así irregularmente a la fuerza naval nacional y se le obligaba, mediante fianza, a compartir el botín con la Corona que los empleaba. La legitimación de la misión corsaria no la distinguía, ni en los procedimientos ni en la motivación, de la piratería desnuda.

Las mujeres piratas Anne Bonny y Mary Read.
Grabado de 1720.


En América, los piratas derivan en el siglo XVII hacia los bucaneros, desalmados con bases en el Caribe, desde donde armaban expediciones de pillaje y saqueo en todos los mares del Nuevo Mundo. Los unía el odio contra España. Los bucaneros a su vez se transforman parcialmente en filibusteros, tan piratas como todos los anteriores, pero al servicio de las potencias enemigas de los españoles, sin que por ello fueran reconocidos o dependieran de ellas. Aquí nos ocuparemos sólo de la respuesta hispana a los piratas y corsarios franceses en el siglo XVI, primera fase de una historia de deshonra que se prolonga durante dos siglos.

Sir Francis Drake.
Miniatura de Nicholas Hilliard, 1581.


La piratería tiene su inspiración en la codicia y sus reclutas en la hez de sociedades pobres. En América, la acumulación milenaria de tesoros indígenas y luego la explotación de las minas de plata alimentaron la avidez. La gran masa europea desheredada del siglo XVI, incluyendo a los propios españoles, suministró el personal. La piratería era un desfogue liberador. Los enormes espacios alrededor del Nuevo Continente, casi imposibles de defender, proveyeron el ámbito. Más tarde, hugonotes, calvinistas y anglicanos añadirían a los ataques piráticos la dimensión religiosa de la lucha contra España, líder de la Contrarreforma.

La confrontación hispano-francesa durante el segundo cuarto del siglo XVI, que se prolonga hasta la paz de Cateau-Cambresis en 1559, da a luz la primera gran onda de piratería en América. En estado de guerra casi permanente desde 1521 y ante la imperiosa necesidad de debilitar a Carlos I de España y V de Alemania, quien derivaba de América una porción de los recursos que financiaban sus aventuras europeas, Francisco I de Francia, rival desgraciado del emperador, armó en corso o estimuló a quien se interesase en quebrantar el monopolio español de las Indias. Aun durante los breves intermedios de paz entre las dos naciones, la actividad pirática más allá de la línea de demarcación no daba tregua. Se estima en 200 el número de embarcaciones apresadas por los franceses y sus compinches entre 1521 y 1559, número modesto, sin embargo, si se considera que más de 4.000 navíos cruzaron el Atlántico durante ese mismo período. Carlos V, por supuesto, armó sus propios corsarios para castigar al comercio francés en Europa, y uno de ellos, el vizcaíno Martín Pérez de Irízar, le dio la satisfacción de capturar al bribón de Juan Florín. El emperador ordena su ejecución sin fórmula de juicio, allí donde sus mensajeros se topasen con el prisionero. Le hubiese también gustado apresar y condenar al garrote a su financista, el armador de corsarios Jean D'Ango, quien falleció de muerte natural, rico y respetado en Dieppe, donde dejó burguesa descendencia con castillo en Normandía.

Pirata remero del Caribe. Grabado de la
"Histoire des aventuriers filibustiers",
de Alexandre-Olivier Oexmelin, 1775.


Al acoso francés en alta mar se añadía el ataque a los puertos americanos. Los avatares de la navegación de vela condujeron a la ocupación de ensenadas donde resguardarse en el Caribe, en el Atlántico Sur y en el Pacífico, en lugares a veces desolados y difíciles de proteger. Todo aquello sin plan ni concierto y dejado a la iniciativa privada que se aplicaba a conquistar en huestes de "paracaidistas" todo un continente. Los vientos determinaron las rutas, y las rutas impusieron los puertos, según los proveía la naturaleza. Poco a poco las "derrotas" fueron siendo conocidas no sólo por los expertos pilotos de la Casa de la Contratación en Sevilla, centro del tráfico indiano, sino también por súbditos de Francia y de otras naciones. Se supo entonces que navegando hacia el oeste desde la islas Canarias se entraba al Caribe por el arco de Ulises de las Antillas Menores y que la puerta franca de regreso a España, por lo menos desde la tercera década del siglo XVI, atravesaba el canal de las Bahamas.

Henry Morgan


Y comenzaron a cruzar el Atlántico. Ya en 1528 un pirata francés incendió a San Germán en la isla de Puerto Rico, y en los años siguientes continuaron sus osadías, esta vez contra plazas de mayor envergadura como La Habana y Santiago de Cuba. El método consistía en asaltar poblaciones indefensas y rara vez acaudaladas porque los vecinos --si no eran sorprendidos-- se asilaban con sus haberes de valor en los montes del interior, donde los piratas no se atrevían a seguirlos, y luego negociar un rescate por no incendiar la población. Jean- François de la Roque, señor de Roberval, protagonizó una de las más sonadas incursiones: después de asolar a Santa Marta en 1543, saqueó a Cartagena de Indias en 1544. A pesar de tratarse de uno de los prósperos puertos de América, el botín fue exiguo e insuficiente para costear el oneroso fletamento de las naves piratas, venidas desde el otro lado del océano.

John Hawkins


Todos los puertos de Indias sufrieron vejaciones, y algunos, como La Habana, varias veces. Los medios de defensa eran precarios. No existían fuertes, y los pocos que había, como la Fuerza Vieja en La Habana, de nada servían contra veteranos armados hasta los dientes. Los nombres de Pata de Palo (François Le Clerc), Jacques Sore, Jean de Bontemps y Robert Blondel sembraban el pánico entre los aterrados pobladores de las costas del Caribe. Martín Cote, por ejemplo, se toma primero a la sufrida Santa Marta y luego procede, en 1559, contra Cartagena. Alertada la ciudad, el gobernador apresta treinta hombres y algunos indios flecheros en trincheras improvisadas ¡contra mil piratas en siete naves artilladas! Fray Pedro Simón cuenta que diez arcabuceros dispararon hasta cuando se les acabó la munición y que los soldados ofrecieron una denodada resistencia que causó muchas bajas entre los piratas, luego de lo cual se dieron a la fuga, como ya lo había hecho el resto de los vecinos. Martín Cote y su banda no se retiran hasta obtener un rescate por los prisioneros y la acostumbrada "vacuna" por no incendiar la ciudad. Dada la indefensión, a la postre, la mejor defensa contra las incursiones corsopiratas resultó ser la pobreza. El saqueo y los rescates de la mayoría de los puertos de Indias no pagaban el equipamiento de costosas expediciones.

Roc, El Brasiliano.


Hacia mediados del siglo XVI, los asaltantes eran con frecuencia hugonotes que se ensañaban contra los religiosos y las iglesias. En América, "pirata" comenzó a convertirse en sinónimo de "hereje". Al mismo tiempo, con la Reforma crecían las razones para impugnar el monopolio hispano. Que me muestren el testamento de Adán y Eva confiriendo el dominio del Nuevo Mundo exigía, según apócrifa anécdota, una testa coronada de Europa. Y para justificar sus propias depredaciones los franceses, y los holandeses e ingleses que los imitaron, difundirán la Leyenda Negra, basada parcialmente en la literatura panfletaria de fray Bartolomé de Las Casas, según la cual la ocupación de América por España no era más que un reguero de despojos, crueldades, opresión y prácticas inquisitoriales. "Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón", explicarán los cínicos apólogos de la piratería en Indias.

Los franceses fueron los primeros en tratar de desvirtuar el monopolio territorial de las potencias ibéricas. Ante la imperiosa orden que pesaba sobre los súbditos americanos de comerciar únicamente con las metrópolis, Francia intenta crear sus propias bases. Desde 1530 naves normandas se dirigen hacia el Brasil y el Atlántico Sur como intérlopes. El comercio crece paulatinamente y en 1551 Guillaume Le Testu levanta la cartografía de las costas del Brasil para Enrique II de Francia. Cuatro años después, Nicolas Villegaignon planta el pendón real en la bahía de Guanabara (Río de Janeiro). Esta Francia Antártica fracasa carcomida por sus propias disensiones y acosada por los portugueses. Igualmente había fracasado la penetración de Jacques Cartier por el San Lorenzo (Canadá) entre 1534 y 1543, en la que participa el pirata de origen noble, Roberval, de infausta recordación en Cartagena. El más peligroso para España de todos los intentos de asentarse en América tiene mucho que ver con las actividades corsopiráticas de los franceses: la colonización de la costa de la Florida hasta Charleston en Carolina del Sur. Bajo la protección del hugonote mariscal De Coligni, protestantes franceses liderados por Jean Ribault y René de Laudonnière erigen fuertes y se convierten en seria amenaza para la navegación española rumbo a la península entre 1562 y 1565. Para esas épocas el canal de las Bahamas (o de la Florida) es el paso obligado de todo el tráfico indiano y en especial de las flotas de la plata.

La piratería en América hubiese muerto de inanición de no haber sido por el descubrimiento de mineral de plata y el avance en las técnicas de amalgamación para refinarlo. Con barcos cargados de materiales poco densos, como el azúcar, los cueros y el cacao, que se negociaban con descuentos, no podía florecer la gran piratería. En 1545 se descubre Potosí, y en los años siguientes las grandes minas de México. La aparición de la plata trastorna la historia de Occidente. Quizá sin ella Felipe II habría sido un rey de pacotilla y el imperio español en América se habría desmembrado siglos antes. Los riesgos de la navegación en el Caribe y del periplo trasatlántico se multiplican en proporción a la importancia de la carga. Una cosa era perder un galeón con tabaco y palo de Campeche y otra, una remesa de plata mexicana. También crece la codicia ajena. La respuesta son los convoyes de los galeones.

Desde los viajes de Colón, las carabelas que iban y venían de las Indias navegaban en compañía. El propósito era defensivo, pero también tenía por objeto compartir los conocimientos náuticos y evitar accidentes. Las travesías por costas semidesconocidas eran azarosas, como lo eran los rendimientos financieros. De ahí que desde la segunda década del siglo XVI, Carlos V hubiese intentado imponer un sistema de conservas. Durante las guerras con Francia en los años cuarenta se prohibieron desplazamientos de menos de diez embarcaciones. Mientras tanto, bajo la influencia del gran estratega y marino Alvaro Bazán, España avanzaba en el desarrollo del galeón, un navío más acorde con las necesidades del tránsito a América, más rápido que los mercantes y mucho más capaz en términos de artillería. Grandes para la época—podían desplazar hasta 500 toneladas--, pronto contribuyeron a mantener abiertas las rutas con el Nuevo Mundo.

Ahorcamiento de un pirata en 1617.
Grabado inglés del siglo XVIII.
Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá.


Pedro Menéndez de Avilés, otro de los sobresalientes marinos hispanos del siglo XVI, redondea los detalles de la protección de la Carrera de Indias. El régimen de las flotas se establece por cédula real en julio de 1561. Al perfeccionarse en los años siguientes, se estipula que el primer convoy zarparía de Sanlúcar en mayo, para entrar al Caribe desde las islas Canarias por el pasaje de La Mona, entre Santodomingo y Puerto Rico, rumbo a Veracruz. El segundo, con destino a Cartagena y al istmo de Panamá, levaría anclas en agosto para entrar por las islas de Sotavento. En el piedemonte mexicano, y en el Istmo para los peruanos, se celebraban las ferias y se intercambiaban los bienes del universo por la plata de América. Hasta allí llegaban los textiles, las armas, los cubiertos y las vajillas, el vidrio, el papel y los libros. Y en cantidades cada vez menores, porque los reinos de América eran autosuficientes y el costo de transporte demasiado alto, los vinos y aceites de Andalucía. Las flotas invernaban generalmente en el Nuevo Continente para anclar en La Habana en enero y febrero y regresar a Sevilla juntas en marzo. Para sofrenar las ansias de los enemigos que contaban con espías en todas partes, las órdenes con la fecha exacta del regreso viajaban desde España en sobre sellado y no eran conocidas ni por el mismo general de los galeones.

La protección del convoy de mercantes, muchos de ellos artillados, estaba encomendada a barcos de guerra, galeones de cuarenta o más cañones, comandados por una nave capitana y una almiranta. El número de galeones dependía de la situación internacional y de su disponibilidad. Constituían la Armada de la Guardia de la Carrera de Indias, encargada además de transportar la remesa de plata. Los zarpes de las dos flotas en distintas épocas (mayo y agosto) buscaban controlar la piratería. El sistema resultó eficacísimo. Los piratas esperaban meses para toparse un convoy que ahora no se atrevían a atacar. Sus capturas se limitaban a los rezagados. Aun después de que perdieran su vigor inicial, los galeones no dejaron de ser un enemigo formidable, cuya neutralización requería fuerzas poderosas y una batalla naval, con pérdidas superiores a las que los piratas estaban dispuestos a incurrir. Ningún convoy, ni ningún despacho de plata, se pierde a causa de un enemigo a flote hasta el insuceso frente a Pyet Hein en 1628. Y esta tragedia resultó ser excepcional.

No todo eran ventajas en la ordenación de la Carrera de Indias. El factor tiempo militaba contra el empleo eficaz del espacio disponible en los mercantes. Tenían que esperar el zarpe de los convoyes y ello encarecía los fletes y el costo de los inventarios. Muy pronto la teórica periodicidad de las salidas se rinde ante las guerras, la interferencia burocrática y los imperativos del comercio. Además, la mercancía era tasada— impuesto de avería—más o menos arbitrariamente para cubrir el gasto de aparejar los galeones para su protección. Por otra parte, como lo importante era hacerse a metros cúbicos de bodega para participar en un comercio de alta rentabilidad, los galeones mismos comenzaron a llenarse de géneros, aunque esa actividad fuese estrictamente prohibida. Su diseño varió fraudulentamente para acomodar la función dual de mercante y barco de guerra (en detrimento de la función defensiva). Comandantes de las flotas como Pedro Menéndez de Avilés, se enriquecieron con el contrabando. Costoso e ineficiente, el sistema de las flotas se mantuvo invariado durante más de ciento cincuenta años porque los consulados de Sevilla, México y Lima se aferraban a su monopolio y porque a la Corona le interesaba ante todo recibir regularmente los embarques de plata que sostenían una parte del andamiaje imperial.

Los piratas aprenden pronto que el canal de las Bahamas era el punto flaco del sistema de las flotas. Salido de La Habana, puerto seguro y práctico en la base del embudo que formaban vientos y corrientes con dirección al norte, el convoy debía bordear tediosamente la costa de Florida con vientos contrarios. De ahí que España no pudiese permitir la ocupación de la estratégica península. Cuando los hugonotes lo intentan, la repuesta de Felipe II al reto francés es brutal. Designa en 1565 al veterano Menéndez de Avilés como adelantado y gobernador de Florida, y éste, con una potente expedición organizada a su costa, funda a San Agustín. Desde esa base somete y masacra a los defensores de Fort-Caroline, cerca del actual emplazamiento de Jacksonville. Dos años más tarde, en 1567, el pirata francés Domenic de Gourges venga cruelmente a sus compatriotas al retomar brevemente a Fort-Caroline (rebautizado San Mateo), pero es un último aleteo: los franceses se eclipsan de América como factor corsopirático, mientras se entretienen en guerras de religión que se prolongan hasta el siglo XVII.

En suma, la primera fase de la piratería en América abanderada por los franceses se estrella contra una dura resistencia hispana. El inicial esfuerzo por romper irregularmente el monopolio español en América y debilitar el poderío de los Habsburgos es rechazado vigorosamente por España. Aquí y allí se sufren afrentas, pero sin sólidos resultados militares o políticos. Al forzar la organización de la Carrera de Indias para proteger el comercio y la plata americanas, se siembra, sin embargo, la semilla de la debacle que vendrá después. En este sentido la corsopiratería francesa del siglo XVI imprime su huella en el devenir de los tiempos.

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